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EL ABUSO

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La figura del abusón es una realidad que nos acompaña desde siempre. Desde la escuela y, en ocasiones, desde antes. El abusón es aquel que cree que lo puede todo porque es más fuerte, más violento, más primario; es el bruto que impone por la fuerza lo que no puede o no sabe lograr mediante la persuasión o la inteligencia. Es, en la mayoría de los casos, una persona frustrada, un pobre infeliz que siente no estar a la altura, que siempre está pendiente de la risa o la burla a sus espaldas. El abuso siempre ha estado rodeado de secretismo y silencio. Desde quien en la escuela abusa y amenaza con represalias en caso de que su víctima lo cuente, el modus operandi se repite en cada etapa y situación de la vida: quien abusa de su pareja, de sus hijos, de sus empleados, quien utiliza una posición de superioridad para imponer por la fuerza su voluntad y evitar la denuncia ejerciendo la coacción. El abusador, por tanto, acaba acostumbrándose a la impunidad. En fechas recientes hemos visto casos...

Discrepancia y respeto. Carta a una ministra.

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Querida Irene Montero. Me separan de usted tantas cosas como me unen. Creo que hay temas en los que está profundamente equivocada y de los que habla con desconocimiento de causa, o más bien conociendo sólo la parte que mejor se ajusta a su causa. Si alguna vez tuviera la oportunidad de decírselo de frente, así lo haría. No soy, por tanto, un palmero que acompañe su música de forma ciega, y quizás por eso le doy más valor a que se haya ganado mi respeto. Respeto su firmeza y su templanza ante los ataques despiadados y deleznables que han puesto en usted su mira. Algo estará haciendo bien para suscitar tanto odio cavernario. Respeto su sensibilidad, el que haga evidente que le hace daño la injusticia, la traición y la cobardía de sus socios de gobierno. Respeto que crea en lo que defiende pese a que no comparto todo lo que defiende. Ojalá muchos otros tuvieran su convicción.  Le ha tocado ser el espejo en el que reflejan las miserias y sombras de nuestro país, la diana sobre la que d...

PASARLAS MORADAS

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Los de siempre no sabían lo que era sentir miedo, y si lo sabían ya lo habían olvidado. El miedo era algo que sentían los demás, los de abajo, los otros. Y el miedo era poder. Como chamanes de la tribu salían ataviados con sus mejores galas para esparcir el miedo alrededor con las viejas palabras, gastadas pero eficaces. Y de pronto un buen día, el miedo cambió de bando. En el año 2014 yo vivía en Horley, una pequeña localidad en el sudeste de Inglaterra. Como tantos de mi generación, había tenido que marcharme de España en busca de oportunidades. En la distancia, seguía los acontecimientos políticos con cierto desapego. Tanto, que hasta la noche de las elecciones europeas no supe qué era Podemos. En la rabia contenida del exilio, lejos de los míos, aquellos jóvenes me hicieron volver a creer en la política. Volver a creer que Sí Se Puede. Para muchos luchadores por la libertad, Podemos significó una vuelta a la juventud, a los ideales por los que se dejaron la piel, una especie de rom...

Una luz en la ventana

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Como si de fantasmas se tratara, sus siluetas vestidas de blanco asoman por las ventanas iluminadas. Aunque cada uno tiene su nombre, sus pacientes les llaman a todos igual: mi médico. No son fantasmas, desde luego, aunque para la Presidenta madrileña como si lo fueran. Por esas mismas ventanas ahora cerradas asomaron en lo más crudo de la pandemia sus manos hipócritas los gobernantes de Madrid para aplaudir a los médicos. Pero cuando los aplausos cesaron esas mismas manos se volvieron garras para apretar el cuello de la atención primaria, de los pediatras y de todo el personal sanitario. Y apretaban para matar. Abajo, el pueblo. La gente que llenó las calles en defensa de su sanidad pasa ahora bajo esas ventanas quizás sin saber que allí arriba hay 10 valientes que resisten porque saben que en estas horas se están jugando el futuro. El de todos. Cual delincuentes, han de ir escoltados a la máquina del café y se les prohíbe recibir alimentos del exterior. Al enemigo, ni agua. Y abajo e...

QUISIERA FUERA UNA DECLARACIÓN DE AMOR

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  Ustedes no la conocen, así que permitan que se la presente. Es la persona más valiente que conozco. Tanto, que escapó de las garras del poder gracias a su tesón, su talento y su inteligencia. Donde muchos no vieron más que un muro ella se atrevió a imaginar una puerta. Y la cruzó. Se ha reinventado mil veces sin dejar de ser ella misma, ha luchado contra gigantes y los ha vencido con humildad y trabajo. Como muchas personas de gran valía, no es consciente de lo que vale. Pero yo, que la miro y la veo y la sé de memoria, les puedo asegurar que es un tesoro de los más valiosos. Como todo buen tesoro, está oculto a la vista de secuaces y ladrones. Quien quiera contemplarlo ha de seguir las indicaciones del mapa y desenterrarlo entre capas de modestia. En este caso, es oro todo lo que no brilla.                             Posee una generosidad natural, unos valores y unos principios que han resisti...

CONQUISTA

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 Bajaron de las montañas, remontaron el río, atravesaron los campos. Vinieron. A lo lejos, sus monturas levantaban remolinos de polvo que quedaban suspendidos en el aire pesado del verano. Al observarlas a contraluz, sus siluetas semejaban espectros de barro. Afilaron sus hachas, levantaron sus tiendas, encendieron hogueras. Esperaron. Igual que un emisario de alas negras, el miedo atravesó los muros y nos cubrió con su manta raída. Llegaron los malos sueños. Al despuntar el alba, encontramos frente a las puertas de la ciudad la cabeza de un campesino ensartada en una pica. Izaron sus enseñas, herraron sus caballos, besaron sus reliquias. Callaron. Era un día radiante, y por unos instantes, pareció como si pidieran perdón al mundo mismo por perturbar su quietud. Fue breve. Después se alzó una mano poderosa y el bramido de miles de hombres se abatió sobre nosotros. Antes del primer golpe, de la primera sangre, aquellas palabras incomprensibles ya nos habían derrotado. Quemaron con e...

MIENTRAS DUERMEN

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Bolsas de basura, cinta de embalar y el miedo pintado en la cara. Esas fueron las armas con las que los anestesiólogos fueron enviados a combatir la enfermedad, el dolor y la desesperación de un país que se nos moría a puñados. No fueron los únicos, desde luego, pero fueron. Lo sé porque la vida me puso en el camino de algunos de ellos, porque he visto en sus ojos la determinación que vencía al temor y lo mantenía a raya hasta que volvían a casa tras largas horas de pesadilla... Creo que su trabajo está poco reconocido, en parte por el desconocimiento que se tiene del mismo. No son sólo los que te duermen y despiertan, son los que te mantienen vivo durante toda una intervención quirúrgica y los que, en caso de complicaciones, te salvarán la vida. Quizás les falte prestigio, no tengan el brillo ni el reconocimiento social de otros profesionales médicos, pero créanme si les digo que ponen ustedes la vida en sus manos. Y qué manos... Las mismas manos que ayudaron a mantener viva la espera...