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PELEAR POR LO OBVIO

Se preguntaba el gran Andrés Montes por qué el talento siempre está bajo sospecha. Y qué razón tenía. España es un país que ha llegado tarde a todo: a la Ilustración, a las innovaciones científicas, a la revolución industrial y a la tecnológica. Solo ha sido puntual para alzar una cruz o prender una hoguera. En ambos casos, con el mismo objetivo: castrar todo lo que significara libertad o progreso. Si uno lee a Quevedo, entenderá la estima que se tenía a los médicos en aquella España del Siglo de Oro. El médico era completamente acientífico, poco más que un curandero con los mismos recursos que el resto de la gente: hacer lo que pudiera y ponerle una vela a Dios. Mientras en otros lugares se diseccionaban cadáveres y se avanzaba en el conocimiento de la anatomía, España seguía oliendo a atraso y sacristía. Por eso, por venir de donde venimos, lo que consiguió la sanidad española es algo de lo que sentirnos orgullosos. Nuestra esperanza de vida  está entre las más altas del mundo, n...

EL RUMOR

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El rumor empezó de amanecida, en ese instante en que la noche se resiste a darse por vencida y el día llega tímido, como pidiendo permiso. Comenzó de forma leve. El primero en oírlo fue un perro que deambulaba cerca del barranco del Carrizal, en el corazón de la Alpujarra de Granada. El animal se detuvo a escuchar. El sonido era helado y azul, como de huesos que se remueven o corazones que se rompen.  Como un eco, el rumor se va replicando a lo largo de la carretera de Málaga. Pies que se arrastran, llantos de niños con hambre y de madres sin leche para amamantarlos, ruedas de carros y el siniestro zumbido de la muerte sobrevolando la marcha de la Desbandá. Una serpiente que se extiende dejando a su paso la miseria y el miedo y que acaba destripada, pudriéndose al sol sin que pueda esperar la clemencia de un dios que los ha abandonado. En la finca El Aguacho, entre La Campana y Fuentes de Andalucía, el rumor suena a camión que sube desde el pueblo. De ese camión bajan varias adoles...

EL ÚLTIMO ROMÁNTICO DEL FÚTBOL

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Decía Bill Shankly, el mítico entrenador del Liverpool, que el fútbol no es una cuestión de vida o muerte, sino algo mucho más importante que eso. No es cierto, claro, aunque esto no necesariamente quiera decir que es mentira. Me explico. Para muchos aficionados al fútbol, su equipo no es importante por el fútbol en sí mismo. Tu equipo está ligado a tu vida, es parte de tu formación sentimental y, en algunos caos, incluso intelectual. Normalmente, uno es de un equipo porque su padre lo era, porque desde niño lo vivió en su casa, porque compartía con su familia primero y luego con sus amigos esa liturgia de ir cada fin de semana al estadio y ver pasar la vida en 90 minutos.  El fútbol une. En los barrios de mi infancia, nunca faltaban un balón y una pachanga por las tardes. Los niños aprendían a competir, a ser solidarios, a esforzarse, a trabajar en equipo. En torno a una pelota se trababan amistades que se extendían luego a otras esferas, que desbordaban el estrecho límite del cam...

¿QUÉ ES EL BETIS?

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El Betis es un abuelo comiendo pipas, los pictolines y el palodú, el Bar Parada ensanchando sus orillas y el lento afluir de peregrinos que ya no tienen más dios que el que les da la espalda. El Betis es una iglesia atea, una oración sin fe, un pecado sin castigo, es el milagro de los casis y los porqués, es la herencia en una caja vacía, es el evangelio según san Rogelio. El Betis es un niño que pisa un charco, un Domingo de Ramos sin estrenar, un polizón en el barco de Caronte, unas palmas al compás en un sala vacía; es un marqués con billete de tercera, un reloj parado en la hora exacta, un bollo con aceite, unos churretes en la cara, un boleto extraviado en la rifa de la vida. El Betis es más callejón que avenida, más esquina que plaza, más arrabal que centro, es más corral de vecinos que urbanización, más puchero que sushi, más tachón que línea recta; es la otra orilla del río, los ojos de un puente ciego, es mojarse los pies en la orilla, la tiza en el mostrador, los mandaos envu...

SANITARIOS

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Las revoluciones comienzan en el lenguaje. Es necesario cambiar la forma en que algo se nombra para permitirle adquirir un nuevo significado o ampliar el existente, que viene a ser lo mismo. Aunque a veces parezcan explosiones repentinas o improvisadas, casi nunca lo son. O nunca. Incluso si aquellos que las protagonizan lo sienten así, siempre hay alguien detrás que ha urdido la trama, un demiurgo que dispone las piezas para que solo puedan moverse en una dirección. Y así, quien las mueve no es más que el ejecutor de un plan preconcebido, por muy original que le parezca. Desde hace ya un tiempo hay en marcha una revolución en la Sanidad. Una revolución no necesariamente implica progreso, aunque sea indispensable sustituir el orden establecido por uno nuevo. Esta es una revolución hacia atrás, como esos relojes que en las máquinas del tiempo de las películas de serie B corrían velozmente hacia el pasado saltando de fecha en fecha como alma que lleva el diablo. Así pues, podríamos habla...

NO HAY NOSTALGIA PEOR

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Crecí en un barrio obrero del cinturón norte de Sevilla. Lejos del mar, mi horizonte era un bosque de cemento y un arroyo medio muerto que serpenteaba por detrás de mi casa. Por las tardes, algunos internos del psiquiátrico que había en los alrededores paseaban libres por las calles. Sus nombres y apodos aún perduran en mi memoria: la Encarna, el Batalla, el Durito, Antonio cara de galo... Tuve como vecinos a un teniente de alcalde socialista al que cada mañana recogía un Mercedes y que en cuanto dejó el cargo salió huyendo del barrio. También a una chica que se enganchó a la heroína y murió muy lejos de su casa a una edad en la que le tocaba empezar a vivir. No fue la única. Para los que fuimos niños en los 80 el paisaje de las jeringuillas tiradas en el suelo era familiar, como lo era el miedo de nuestras madres a que nos pincháramos con una y contrajéramos el SIDA, esa epidemia que a caballo de la heroína dejó para siempre una huella imborrable en mi generación. Sin embargo, no camb...
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CUNA DE LA LIBERTAD A Cádiz, entre otras cosas, se la conoce como la cuna de la libertad porque allí se aprobó la Constitución de 1812, también llamada la Pepa, que aspiraba a colocar a España en la senda de la modernidad nacida de la Revolución Francesa y alejarla de las "caenas" monárquicas y de la molicie intelectual en la que estaba sumida. Después aquello acabó como acabó, con el infame Fernando VII regresando al trono mientras un pueblo palurdo enterraba entre vítores una oportunidad histórica de sacudirse la caspa del atraso. Pero algo de ese espíritu perduró en esa esquina del mapa, en esa balsa de piedra apenas anclada a la Península, esa cuna de locos geniales y de gente sencilla que fue haciendo del humor y de la inteligencia la mejor arma para luchar contra la miseria. La ciudad de la alegría de la que hablaba Dominique Lapierre no estaba en Calcuta, sino cruzando el Puente Carranza, atravesando las Puertas de Tierra y bajando a mojar los dedos en la orilla de la ...