PELEAR POR LO OBVIO

Se preguntaba el gran Andrés Montes por qué el talento siempre está bajo sospecha. Y qué razón tenía. España es un país que ha llegado tarde a todo: a la Ilustración, a las innovaciones científicas, a la revolución industrial y a la tecnológica. Solo ha sido puntual para alzar una cruz o prender una hoguera. En ambos casos, con el mismo objetivo: castrar todo lo que significara libertad o progreso.

Si uno lee a Quevedo, entenderá la estima que se tenía a los médicos en aquella España del Siglo de Oro. El médico era completamente acientífico, poco más que un curandero con los mismos recursos que el resto de la gente: hacer lo que pudiera y ponerle una vela a Dios. Mientras en otros lugares se diseccionaban cadáveres y se avanzaba en el conocimiento de la anatomía, España seguía oliendo a atraso y sacristía.

Por eso, por venir de donde venimos, lo que consiguió la sanidad española es algo de lo que sentirnos orgullosos. Nuestra esperanza de vida  está entre las más altas del mundo, nuestra mortalidad infantil, entre las más bajas, nuestro sistema nacional de trasplantes es la envidia del mundo y nacer español es, a día de hoy, garantía de salud, bienestar y atención sanitaria de calidad. O lo era.

Porque hace ya algún tiempo que nuestros gobernantes se empeñan en destrozar el andamiaje de nuestro sistema sanitario público. La progresiva privatización de la sanidad ha sido el primer escalón de una escalera con muchos peldaños. Siguiendo el sistema estadounidense y el del NHS inglés, las grandes corporaciones privadas han comenzado a presionar a los gobiernos y a tratar de influir en sus políticas, con el objetivo inequívoco de forzar una legislación que les permita aumentar sus ganancias. Lo que traducido a términos sanitarios, significa una atención de peor calidad, por profesionales menos cualificados y priorizando patologías leves. ¿Y el resto? A hacer lo que mejor se nos da a los españoles: despotricar en el bar (o en las redes sociales, que son la nueva barra del bar) y seguir enarbolando la pala para cavar nuestra propia tumba.

Cabría pensar que todo esto tendría un coste político, y que la ciudadanía daría la espalda en las urnas a quien implementara estas políticas. Pero no. La intensa polarización política ha llevado a que el ciudadano habite una trinchera desde la que repite como un mantra el discurso de los que le son afines, culpando al otro bando de todos los males. 

Pero esto no va de partidos. Va de poder y de dinero. Mucho dinero. Tanto como para dictar nuestra política sanitaria. A través de un neolenguaje de izquierdas se insertan términos como equipo multidisciplinar, empoderamiento o transversalidad que remiten a ideas con las que cualquier votante de izquierdas, por ejemplo yo, puede identificarse. Pero el caramelo está envenenado. A través de estas políticas se abrirá una puerta que será difícil de cerrar. Por ella se colará la reclasificación profesional que quitará a los médicos el control del acto médico, que permitirá a otros profesionales no médicos ejercer funciones médicas y que depauperará la atención sanitaria. 

No es catastrofismo, son datos. En Reino Unido han aumentado de forma dramática las muertes evitables debido a un mal diagnóstico o un mal tratamiento. ¿El motivo? Que el diagnóstico y el tratamiento lo realizaron profesionales no médicos. Cuando los médicos señalan esto, se les llama clasistas y endiosados. ¿Es clasista estar contra el intrusismo? ¿Es clasista querer preservar la salud y la seguridad de los pacientes? ¿Es clasista querer que se reconozcan 12 años de formación y esfuerzo continuado? Si es así, llámenme clasista, pero yo también lo defiendo.

Lo triste, lo más triste, es ver la ceguera de tantas personas inteligentes que son incapaces de ver lo que se nos viene encima. No esperen nada de la derecha. Muchos ya se están lustrando los zapatos para pisar la alfombra roja que nosotros mismos le estamos tendiendo para asistir al entierro de nuestra sanidad por la puerta grande. Pondrán la lápida con una gran sonrisa. ¿Y entonces? Pues no queda otra que tomar conciencia de que las políticas sanitarias las están dictando desde fuera y que nos condenan a todos, superar la siglas y los colores y unirnos en una marea que atemorice a los gobernantes y fuerce un cambio de rumbo y un pacto por la sanidad y por la dignidad de sus trabajadores.

Cuando hay que comenzar a pelear por lo obvio, es que la derrota está a las puertas....

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