UNA PIEDRA SIN NOMBRE

Es una piedra irregular con forma triangular. Si se mira con ciertos ojos benévolos, se asemeja al mapa de España, y trae a la memoria aquella balsa de piedra que, desgajada de los Pirineos, flotaba a la deriva en la inolvidable novela de José Saramago. La hierba la cubre de verde en primavera, el agua y el frío del invierno inglés la azotan de forma inclemente. Pero allí sigue, anclada al suelo de un cementerio de Richmond upon Times desde hace 82 años.

Debajo de esa piedra reposan los restos de un español que jamás aprendió inglés. Cuando llevaba 8 días bajo esa piedra, un tribunal lo condenó a 12 años de prisión y a la inhabilitación perpetua para trabajar en la administración pública. Aquel tribunal tenía el triste nombre de Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo. A nadie pareció importarle que aquel sevillano no fuera masón ni comunista. Qué más daba. Su delito era mucho peor. Había adquirido el virus de la lucidez. Y eso, en España, siempre fue un crimen de lesa humanidad. 

Sobre la piedra, si hay silencio alrededor y uno sabe escuchar, se pueden aún oír los tacones del maestro Juan Martinez zapateando flamenco mientras escapa de los bolcheviques con más miedo que vergüenza. Y a veces, en días brumosos, se escucha a un matador de toros pasar las yemas de sus dedos por los alamares del traje de luces en presencia de Valle Inclán, que se mesa la barba con cautela. 

Hay días, sin embargo, en que los sonidos ponen los pelos de punta. Días en que todo es dolor, gritos, espanto, en que el aire tiene un olor metálico como el de la sangre que corría libre por las calles de Madrid. Y que no desemboca. Suenan sacas y chekas y quintas columnas y paredones al amanecer. Suenan los pies arrastrados de los vencidos y las botas terribles de los vencedores que toman posesión de la ciudad como lo harán del país, y de la gente, y de la historia. Porque no pasarán, pero pasaron. 

Si su lápida no tiene nombre puede ser porque a base de usar tantos, acabó extraviando el verdadero. En las cartas que enviaba a su mujer y sus cuatro hijos se llamaba Eugenio de Larrabeiti, en París alternó entre Borrás y Rafael Delgado, la Gestapo de Hitler lo conocía como Manuel Durán y en ocasiones se hizo llamar Juan de Córdoba. No es de extrañar que un hombre que en vida fue tantos hombres tuviera que morir tres veces. 

La primera muerte fue interior, quizás por eso no la recogen las crónicas. Fue una muerte larga. Comenzó con el gobierno republicano abandonando Madrid camino de Valencia, siguió con el exilio francés y acabó en Londres tras escapar de los nazis a bordo del Nariva, dejando atrás a su familia. 
La segunda muerte, la que acabó bajo la piedra sin nombre, fue mucho más rápida. También, por qué no decirlo, mucho más vulgar. Lo que no consiguieron dos de los dictadores más sanguinarios de la historia lo logró una peritonitis aguda en cuestión de días.
La tercera muerte fue la más cruel. Su figura y su obra se cubrieron de olvido, y durante más de 50 años fue como si nunca hubiera existido. Fue una pequeña editorial de su Sevilla natal la que lo levantó del polvo para volver a colocarlo en su lugar y conseguir, tal como decían del Cid, que ganara batallas después de muerto. La editorial, caprichos del destino, se llamaba Renacimiento. 

Si visitan Londres, tomen el metro hasta Kew Gardens y caminen unos diez minutos hasta el cementerio ahora conocido como North Sheen. Una vez dentro, localicen la parcela CR-19. Allí, entre Kate Churchman y el teniente coronel Mackenzie, encontrarán la tumba sin nombre. Ya no lo necesita. Por fin el nombre de Manuel Chaves Nogales está escrito a sangre y fuego en la historia de este país sin suerte llamado España. 



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